Encima de eso, me van a llevar con ellos de
paseo. Nos enfilamos hacia la carretera y de repente se pararon. Abrieron la
puerta y yo me bajé feliz creyendo que haríamos nuestro "día de campo".
No comprendo por qué cerraron la puerta y se fueron. "¡Oigan, esperen!"
Se... se olvidan de mí. Corrí detrás del coche con todas mis fuerzas. Mi angustia
crecía al darme cuenta, que casi me desvanecía y ellos no se detenían: me habían
olvidado.
Mes 17:
He tratado en vano de buscar el camino de regreso a casa. Me siento y estoy
perdido. En mi sendero hay gente de buen corazón que me ve con tristeza y me
da algo de comer. Yo les agradezco con mi mirada y desde el fondo con mi alma.
Yo quisiera que me adoptaran y seria leal como ninguno.
Pero solo dicen "pobre perrito", se ha de haber perdido.
Mes 18:
El otro día pasé por una escuela y vi a muchos niños y jóvenes como mis
"hermanitos". Me acerqué, y un grupo de ellos, riéndose, me lanzó
una lluvia de piedras "a ver quien tenia mejor puntería". Una de esas
piedras me lastimó el ojo y desde entonces ya no veo con él.
Mes 19:
Parece mentira, cuando estaba más bonito se compadecían más de mí. Ya estoy
muy flaco; mi aspecto ha cambiado. Perdí mi ojo y la gente más bien me saca
a escobazos cuando pretendo echarme en una pequeña sombra.
Mes 20:
Casi no puedo moverme. Hoy al tratar de cruzar la calle por donde pasan
los coches, uno me arrolló. Según yo estaba en un lugar seguro llamado
"cuneta", pero nunca olvidaré la mirada de satisfacción del conductor,
que hasta se ladeó con tal de centrarme. Ojalá me hubiera matado, pero solo
me dislocó la cadera. El dolor es terrible, mis patas traseras no me responden
y con dificultades me arrastré hacia un poco de hierba a ladera del camino.
Mes 21:
Tengo 10 días bajo el sol, la lluvia, el frío, sin comer. Ya no me puedo
mover. El dolor es insoportable. Me siento muy mal; quedé en un lugar húmedo
y parece que hasta mi pelo se está cayendo. Alguna gente pasa y ni me ve; otras
dicen: "No te acerques" Ya casi estoy inconsciente; pero alguna fuerza
extraña me hizo abrir los ojos. La dulzura de su voz me hizo reaccionar.
"Pobre perrito, mira como te han dejado", decía... junto a ella venía
un señor de bata blanca, empezó a tocarme y dijo: "Lo siento señora, pero
este perro ya no tiene remedio, es mejor que deje de sufrir." A la gentil
dama se le salieron las lágrimas y asintió. Como pude, moví el rabo y la miré
agradeciéndole me ayudara a descansar. Solo sentí el piquete de la inyección
y me dormí para siempre pensando en por qué tuve que nacer si nadie me quería.
La solución no es echar un perro a la calle, sino educarlo. No convierta en problema una grata compañía. Ayuda a abrir conciencia y así poder acabar con el problema de los perros callejeros.